Sanador, enséñate a ti mismo


La curación de Gary y la aparición en televisión que la siguió fueron momentos decisivos en mi vida.

De repente, había dos tipos de gente a mi alrededor: los que querían que los curara y los que querían que les enseñara cómo hacer curaciones. Con el tiempo, organizaciones docentes de varios tipos comenzaron a hacer la misma petición. «Eso no puede enseñarse», contestaba. ¿Cómo podría? Nadie me lo ha enseñado a mí. Simplemente... sucedió.


«Claro que puede», era la inevitable respuesta del tipo «ponte en marcha y gánatelo a pulso».
«Mucha gente enseña cómo curar. Hay libros y cintas sobre ello en todas las tiendas». Entonces recitaban una lista de autores y títulos, muchos de los cuales conocerás. Pero leyendo los libros y escuchando las cintas vi que, fundamentalmente, las instrucciones se reducían a algo como: «Que su cliente se acueste (o se siente). Quédese a un determinado lado de la persona (tu libro te dirá encantado qué lado es el mejor), coloque su mano derecha aquí y su mano izquierda allá, mueva entonces su mano derecha hasta donde está su mano izquierda y mueva su mano izquierda a otro lugar del cuerpo, más allá...»

[No te preocupes. El libro no solamente especificará dónde colocar las manos en cada momento, sino que también te indicará hacia dónde mirar y hacia dónde andar.
Por si fuera poco, incluso te dirá qué debes pensar mientras haces todo esto.] Me di cuenta de que eso no es sanar. Es bailar el tango. Y el mundo no necesita otra clase de baile. Tampoco parecía ofrecerse mucha ayuda en los miles de seminarios acerca del tema, grandes o pequeños, baratos, caros o extraordinariamente caros. Hablemos sobre algunos de esos seminarios. Para ser sanador, no hace falta gastar 40.000 dólares en un curso de cuatro años estudiando a otros sanadores e hipnotizadores a lo largo de la historia. Parafraseando al Dr. Reginald Gold, quiropráctico y filósofo contemporáneo, eso no lo convierte a uno en sanador, lo convierte en historiador.

En otras palabras, la mayoría de las escuelas de sanación no enseñan a sanar en absoluto; enseñan la historia de ciertos sanadores. Se aprende lo que este sanador pensaba, lo que aquel sanador pensaba y, si se tiene verdadera mala suerte, se aprende también lo que uno mismo debe pensar. Me acercaba con esperanzas a cada nueva experiencia educativa estructurada -ya fuera un libro, una cinta o un seminario-, para descubrir que me servían el mismo tazón recalentado de cereales espirituales. El que a mí me habían dado llevaba tanto tiempo a temperatura ambiente que se le estaba formando una costra en la superficie. Todavía más; durante los seminarios, la mitad de la audiencia estaba extasiada, como si perlas de conocimiento recién descubierto estuvieran cayendo sobre ellos.

La otra mitad se sentaba allí sonriendo y moviendo la cabeza en señal de asentimiento. No los pequeños movimientos de cabeza que podrían hacer si estuvieran solos en una habitación leyendo un libro o escuchando la radio; se trataba de grandes, llamativos, descomunales asentimientos con la cabeza para demostrar a los demás que el instructor estaba diciendo algo que sabían de antemano y que, de algún modo, el hecho de estar de acuerdo los validaba para todos los demás en la sala.

(Recuerda, la búsqueda de crecimiento espiritual no siempre excluye el complejo de superioridad.) Reforzado por las pruebas cada vez mayores que me proporcionaban esas experiencias, estaba aún más seguro de lo que había afirmado: No se puede enseñar a sanar. Y ¿sabes qué? Todavía lo pienso. Así que, ¿por qué escribo este libro? Porque enfrascado en descubrir si era del todo posible enseñar a sanar (¿y cómo?), no me di cuenta de que en mi consultorio estaba ocurriendo un fenómeno cada vez más frecuente. Más y más personas de las que habían acudido a curarse llamaban, normalmente tras su primera sesión conmigo, para decir que al volver a casa sus televisiones, equipos de música, luces, neveras -aparatos electrodomésticos de todo tipo- se encendían y apagaban solos.

Reiteradamente.

Casi nunca dejaban de funcionar del todo, aunque podría dudarse si así era, ya que los electrodomésticos podían apagarse o dejar de funcionar durante períodos que iban desde unos minutos hasta varios días. Normalmente, cuanto mayor era el aparato, más tiempo estaba sin funcionar. Era como si los electrodomésticos estuvieran vivos. La mayoría de la gente sentía que era como si alguien se estuviera comunicando con ellos de alguna manera. Creo que eso es lo exacto. Creo que es como si alguien estuviera diciendo: «Hola. Estoy aquí de verdad. De verdad existimos».
Esas mismas personas decían después que sentían que algo les pasaba en las manos, sensaciones raras: calientes y eléctricas o frías y como si les soplara el viento en ellas. 

Despuéexplicaban que al colocar las manos cerca de alguien con molestias o achaques, a menudo  esos síntomas disminuían o desaparecían por completo: la soriasis se esfumaba, el asma se iba, males crónicos se curaban. Era frecuente que ocurriera de la noche a la mañana o de inmediato. Continuamente había llamadas y relatos. Gracias a ello me di cuenta de que, aunque en realidad la sanación no puede «enseñarse», la capacidad de sanar puede, en cierto modo, «transmitirse» a otros. Por tanto, reconocer y perfeccionar esta habilidad es lo que puede enseñarse (y es lo que estoy tratando de hacer al escribir este libro).

Fragmento extraído del libro La Reconexión del Dr. Eric Pearl


Página 59

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